La potente y extensa carrera del desaparecido Juan Luis Galiardo en la pantalla esta disimulando su actividad teatral, menos vistosa pero igualmente interesante. No olvidemos que su final artístico ha sido, prácticamente, en la escena, interpretando al avaro Harpagon.
El primer recuerdo teatral que tengo del actor es brincando al patio de butacas en el teatro Lara, rifle en mano, en una enloquecida escena la "La Malquerida" que montó el año 1974 Juan Guerrero Zamora. Entonces ya era lo que siempre se ha llamado un galán de la gran y pequeña pantalla. Y llevaba una década en la escena, a la que había entrado por la puerta de la mano del T.E.I, especialmente de Miguel Narros a cuyas órdenes interpretó "Numancia" (1966) y "El rey Lear" (1967). Fue la década en la que también intervino en "El cuerpo" (1966) y "English Spoken" (1967) de Lauro Olmo. Fue uno de los artífices del gran éxito logrado por Antonio Gala el año 1972 con el primer montaje de "Los buenos días perdidos". Durante los años 80 y 90, absorbido por el cine, apenas pisó el teatro. Casi no merece la pena recordar su aparición en "Rebelión en la presidencia" (1985) pero sí "Lope de Aguirre, traidor", en año 1992 en el María Guerrero.
Su segunda carrera teatral -y la más importante- comenzó en 1998 cuando reapareció en el Lara con "Las últimas lunas menguantes". El personaje crepuscular que encarnaba le liberó de la carga pesada de la galanura prolongada más allá de lo natural. Estableció una provechosa colaboración con el joven autor Juan Carlos Rubio, de quien interpretó "Diez" (2003) y "Humo" (2007). Ese año tuve la suerte de realizarle el video promocional del montaje. Y volvió a sorprenderme con el dominio del plano, con la capacidad de grabar unos segundos entrando inmediatamente en el personaje. No hizo falta repetir ninguna escena, clavó a la primera cada uno de los planos y secuencias.

Alonso de Santos le escribió el monólogo "Un hombre de suerte" (2005) y apareció en Mérida con "Edipo Rey" (2008). Después montó con su propia empresa "El avaro", a las órdenes de Lavelli, con la que dio la vuelta a España. Y con la que se endeudó, atrapado en la morosidad de las administraciones.
Juan Luis Galiardo era de esos actores que usan todo el cuerpo para la interpretación. Visceral e impulsivo, sabía jugar como nadie con la extraordinaria voz que poseía, con la que transitaba desde los registros amorosos a la violencia valleinclanesca. Los golpes en la salud que comenzó a recibir hace ya algunos años, nos han privado de verle en los grandes papeles crepusculares, como Max Estrella, que podría haber encarnado con singular magisterio. El telón ha vuelto a caer sobre un grande de la escena española.