Hace mucho, mucho tiempo, en un país muy lejano, había una niña a la que unos señores muy malos le subieron el precio de 'los chuches'. Un caballero llamado Rajoy, que no pudo soportar ver el sufrimiento de la pequeña, se erigió en su héroe y combatió a los malvados hasta conseguir la jefatura del reino y así poder dar a la pequeña un futuro mejor. Pero un misterioso hechizo se apoderó del país y de sus gobernantes y, a pesar de lo prometido, el buen Rajoy volvió a subir el precio de 'los chuches'. Por suerte, la niña, que ya había crecido, ya casi no tomaba golosinas y se conformó con cambiarlas por alimentos más sanos, como la fruta, que no habían subido.
Pero el cuento no acaba aquí, porque a la niña le nació un hermanito. Y a sus padres, que ya habían tenido suficiente con lo de 'los chuches', les tocó sufrir otras desgracias que se abatieron sobre los nuevos niños de aquel país.
Así, cuando nació el bebé, su mamá no pudo quedarse con él unos días más antes de volver a trabajar, porque el buen Rajoy le impidió juntar las horas de lactancia en vez de disfrutarlas de una en una como medida "para luchar contra el paro". Cuando por fin tuvieron que dejar al bebé en la guardería, los padres comprobaron que las tasas se habían disparado tanto en su región que a duras penas podrían pagarlas, pues, además, se habían dejado el dinero de 'los chuches' de dos años en la vacuna del neumococo. Y, a pesar de que la niña ya podía sustituirlos por fruta, el bebé seguía necesitando muchos pañales, que se habían encarecido tanto o más.
Pidieron ayuda, buscaron un salvador, pero todo fue en vano. Ya no había héroes para los niños de aquel país. Trabajaban cada vez más horas, cobraban cada vez menos y el fantasma del paro les amenazaba con visitarles en cada pesadilla. Cuando por fin lo hizo, cansados y desmoralizados, hicieron las maletas y se llevaron a la niña y a su hermanito a otro país. Porque, después de tantos cuentos, en el suyo ya nadie creía en las promesas.
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Ahora nos debes la perspectiva de los padres, que veían que si llegaban a envejecer -porque la sanidad pública no garantizaba curar con eficiencia como para conseguir que cumplan muchos más años a al menos hacerlo con salud-, no podrían vivir más que a costa de sus dos hijos, ya que de tener pensión iba a ser ínfima y la ley de dependencia es solo un espejismo.